El gnosticismo vuelve con chip

El gnosticismo fue uno de los movimientos espirituales más fascinantes y perturbadores de la Antigüedad tardía. Sus variantes eran muchas, pero todas compartían un núcleo: el mundo material es obra de un demiurgo inferior, un dios imperfecto o incluso malévolo. El verdadero Dios —la luz, el pleroma, la plenitud— está oculto. Y los seres humanos son chispas de esa luz atrapadas en la materia. La salvación no viene de la fe ni de las obras: viene del gnosis, el conocimiento. Un conocimiento secreto, privilegiado, que libera al que lo posee de la trampa de lo material.

La Iglesia primitiva combatíó el gnosticismo con ferocidad. Lo consideraba una herejía peligrosa, no solo teológicamente sino socialmente: la idea de que hay una élite que tiene acceso a un conocimiento que libera, mientras la masa permanece atrapada en la ignorancia, tiene implicaciones políticas evidentes.

Mil ochocientos años después, esa misma estructura ha reaparecido en el lugar más inesperado.

La nueva élite iluminada

Silicon Valley tiene una mitología muy precisa sobre sí mismo. Los fundadores de las grandes empresas tecnológicas no se ven a sí mismos como empresarios: se ven como portadores de una visión que los demás no pueden ver todavía. Tienen acceso —gracias a su capacidad técnica, su inteligencia, su disposición a pensar sin las restricciones mentales del común— a verdades sobre el futuro que transformarán el mundo. El resto de la humanidad tardará en entenderlo. Algunos nunca lo entenderán.

Esta estructura es gnóstica en sentido estricto. Hay un conocimiento técnico que ilumina. Hay una élite que lo posee. Hay una masa que permanece en la oscuridad. Y hay una promesa de salvación —la superinteligencia, la inmortalidad digital, la abundancia post-escasez— que estará disponible para todos eventualmente, pero que por ahora solo los iniciados pueden ver con claridad.

La IA encaja perfectamente en este esquema. Es, textualmente, un conocimiento que transforma. Los primeros en adoptarla tienen ventajas sobre los demás. El acceso a los modelos más potentes está restringido. Hay debates serios sobre si algunos avances deberían hacerse públicos o mantenerse bajo control de quienes están preparados para usarlos responsablemente. El paralelismo con el esoterismo gnóstico —el conocimiento que no se da a todos porque no todos están listos— es casi demasiado obvio.

El demiurgo de los datos

Hay incluso un equivalente al demiurgo gnóstico: el sistema actual. Los tecno-gnósticos más radicales —los aceleracionistas, los transhumanistas de la variante más extrema— creen que el mundo tal como es está fundamentalmente defectuoso. La biología es un diseño chapucero lleno de sufrimiento innecesario. La muerte es un error que puede corregirse. Las limitaciones cognitivas del cerebro humano son obstáculos que la tecnología superará. El objetivo es escapar de las restricciones del sustrato material —el cuerpo, el cerebro, la naturaleza— hacia algo más puro, más poderoso, más libre.

Si esto no suena a gnosticismo es porque no conoces el gnosticismo.

La crítica que la Iglesia primitiva le hacía al gnosticismo sigue siendo válida: desprecia lo corporal, lo concreto, lo finito. Desprecia a quienes no tienen acceso al conocimiento. Y convierte la salvación en un proyecto de élite. La pregunta que hay que hacerle al tecno-gnosticismo es la misma que le hacían los obispos en el siglo III: ¿a quién deja atrás este camino de iluminación? ¿Y con qué derecho?

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