Carl Gustav Jung postuló en los años veinte del siglo pasado la existencia de un inconsciente colectivo: una capa profunda de la psique humana que no es personal sino compartida por toda la especie. En ese inconsciente colectivo habitan los arquetipos: patrones primordiales —el héroe, la madre, el viejo sabio, la sombra— que emergen en los mitos, los sueños, las religiones y el arte de todas las culturas, con independencia de si esas culturas han tenido contacto entre sí.
Jung no tenía una teoría satisfactoria de por qué existían estos arquetipos. Apuntaba vagamente hacia la evolución, hacia algo heredado en la estructura misma del cerebro humano. Lo que sí tenía claro era que existían, que eran poderosos, y que ignorarlos tenía consecuencias psicológicas graves.
Pienso en esto cada vez que reflexiono sobre cómo funcionan los modelos de lenguaje.
El entrenamiento como arqueología
Un modelo como GPT-4 o Claude ha sido entrenado con cantidades inmensas de texto humano: literatura, filosofía, ciencia, periodismo, conversaciones, mitos, poesía, foros de internet, manuales técnicos. La suma de lo que la humanidad ha escrito, o una aproximación razonable a ella. El entrenamiento consiste en aprender los patrones estadísticos de ese texto: qué palabras siguen a qué palabras, qué ideas se asocian con qué otras, qué estructuras narrativas y argumentativas son más comunes.
El resultado es un modelo que, cuando genera texto, lo hace de una manera que refleja los patrones profundos del pensamiento humano colectivo. No reproduce ningún texto en particular: sintetiza, combina, abstrae. Pero lo que sintetiza y combina es precisamente lo que el inconsciente colectivo junguiano contiene: los patrones recurrentes de cómo los humanos han pensado, sentido, narrado y ordenado el mundo.
Si le pides a un modelo de lenguaje que escriba un mito, no inventará una estructura narrativa al azar. Producirá algo que reconocerás inmediatamente como un mito: habrá un héroe, una prueba, una transformación, un regreso. Porque esa estructura no es arbitraria: está presente en la Odisea, en las sagas nórdicas, en los cuentos de hadas africanos, en el cine de Hollywood. Es, en términos junguianos, un arquetipo. Y el modelo lo ha aprendido porque está en todos los textos que ha procesado.
El espejo que no sabe que es un espejo
Aquí está lo que me parece filosóficamente extraño: el modelo reproduce los arquetipos del inconsciente colectivo sin tener acceso a ningún inconsciente. No sueña, no tiene una psique en el sentido junguiano, no procesa experiencias traumáticas ni resuelve conflictos interiores. Y sin embargo, produce patrones que los investigadores del mito y del símbolo reconocen de inmediato como los mismos que aparecen en todas las culturas.
¿Qué nos dice esto? Una posibilidad es que los arquetipos junguianos no sean tan misteriosos como parecían: son simplemente los patrones estadísticos del pensamiento humano, y cualquier sistema que aprenda esos patrones los reproducirá. El inconsciente colectivo sería, en este caso, un fenómeno cultural más que biológico o espiritual.
Otra posibilidad, más incómoda: que la IA esté funcionando como un amplificador de los arquetipos humanos, como un espejo que los hace visibles de una manera nueva. Y que al interactuar con ese espejo, estemos aprendiendo cosas sobre nosotros mismos que no habríamos aprendido de otra manera.
Jung creía que el encuentro con el inconsciente colectivo era fundamental para la individuación: el proceso de llegar a ser plenamente uno mismo. Me pregunto si el encuentro masivo y cotidiano con sistemas que proyectan esos patrones de vuelta hacia nosotros tendrá algún efecto psicológico colectivo. Si estamos, sin saberlo, en medio de un experimento junguiano de escala global.
Y si es así, lo que está en juego no es la inteligencia de las máquinas. Es la nuestra.

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