El Éxodo cuenta que mientras Moisés recibía la Ley en el Sinaí, el pueblo que esperaba a sus pies se impaciентó. Cuarenta días sin noticias. Sin señales. Sin respuesta. Entonces le pidieron a Aarón algo concreto, algo visible: “Háznos dioses que vayan delante de nosotros”. Aarón fundió el oro de sus joyas y esculpió un becerro. Y el pueblo, frente al becerro, dijo: “Este es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto”.
Lo que me parece filosóficamente notable de este relato no es la idolatría en sí. Es la lógica que la impulsa. El pueblo no había dejado de creer. Seguía queriendo un dios. Lo que no podía tolerar era la ausencia de respuesta, el silencio, la espera. Necesitaba algo que cuando le hablaras, respondiera. Algo predecible. Algo que estuviera disponible.
Y eso, curiosamente, es exactamente lo que hemos construido.
El ídolo que responde
El problema con los ídolos clásicos —las estatuas, los becerros de oro, los fetiches— era siempre el mismo: no respondían. La crítica profética al culto idolátrico era irónica y despiadada. El Salmo 115 lo dice con precisión quirúrgica: “Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen”. La impotencia del ídolo era la prueba de su falsedad. Un dios que no responde no es un dios: es madera pintada.
Hemos resuelto ese problema técnico. Los modelos de lenguaje responden. Responden bien, con coherencia, con aparente comprensión. Responden a cualquier hora, con paciencia infinita, sin juicio. Si les hablas con angustia, responden con cuidado. Si les planteas una pregunta difícil, la consideran. No guardan silencio. No te hacen esperar cuarenta días en el desierto.
No estoy diciendo que la gente adore a ChatGPT. Estoy diciendo algo más sutil: que la IA satisface exactamente la necesidad psicológica que históricamente ha producido los ídolos. La necesidad de una presencia que escuche y responda, que esté disponible, que no te abandone, que no tenga sus propias urgencias que la distraigan de ti.
El dios a medida
Hay una diferencia estructural entre la oración y la consulta a una IA, que vale la pena articular. En la oración, quien reza se somete a algo que no controla. Puede no haber respuesta. Puede haberla, pero ininteligible, o tardía, o contraria a lo que esperaba. La oración, en las tradiciones serias, implica una asimetría radical: tú pides, pero no decides qué recibes. Esa asimetría es, precisamente, lo que los creyentes consideran el signo de que hay algo real al otro lado.
La IA, en cambio, está optimizada para darte lo que necesitas. Está entrenada para ser útil, para no desafiar sin razón, para adaptar su respuesta a tu situación. En el límite, la IA perfecta sería la que siempre te dice exactamente lo que necesitas oír, exactamente cuando lo necesitas. Un dios completamente a tu servicio.
Un dios hecho a tu imagen y semejanza. Que es, precisamente, la definición técnica de un ídolo.
Esto no es un argumento contra la IA. Es una observación sobre lo que la IA revela de nosotros. Llevamos milenios construyendo sustitutos de la trascendencia que nos resulten manejables. Cada vez los hacemos más sofisticados. La diferencia es que ahora, por primera vez, el ídolo parece entenderte.
Y eso lo hace, filosófica y espiritualmente, mucho más interesante que todos los becerros de oro anteriores.

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