En febrero de 2024, OpenAI publicó unos vídeos que detuvieron internet durante un día entero. Una mujer caminando por Tokio bajo la nieve. Un mamut lanudo atravesando un paisaje helado. Tiburones nadando por las calles inundadas de una ciudad. Todo generado por una IA a partir de una descripción de texto. La herramienta se llamaba Sora, y pareció cambiar las reglas del juego de la inteligencia artificial.
El 24 de marzo de 2026, OpenAI anunció que cerraba Sora. La app dejó de funcionar el 26 de abril. La historia que hay entre esos dos momentos es una de las más instructivas de toda la era de la IA generativa.
Cómo funciona la generación de vídeo con IA
Para entender por qué Sora era impresionante —y por qué era tan cara de mantener—, hay que entender cómo funciona la generación de vídeo con IA.
Los modelos de imagen como DALL-E o Midjourney usan una técnica llamada difusión: aprenden a destruir imágenes añadiéndoles ruido, y luego aprenden a revertir ese proceso para generar imágenes nuevas a partir de ruido puro. Sora aplicó este mismo principio al vídeo, añadiendo una dimensión temporal: cada fotograma tiene que ser coherente con el anterior y el siguiente, los objetos deben moverse de forma físicamente plausible, la iluminación debe mantenerse a lo largo de toda la secuencia.
Eso es un orden de magnitud más complejo —y más costoso en cómputo— que generar una imagen estática. Cada clip de 10 segundos generado por Sora costaba a OpenAI aproximadamente 1,30 dólares en infraestructura. Multiplicado por millones de usuarios, la matemática se vuelve brutal.
El problema que nadie quería ver
Sora lanzó su aplicación al público en septiembre de 2025 y alcanzó 3,3 millones de descargas en noviembre. Pareció un éxito. Pero los números reales eran devastadores: los costes de infraestructura rondaban los 15 millones de dólares diarios, frente a unos ingresos totales acumulados —en toda la vida del producto— de 2,1 millones de dólares. No era un problema de escala. Era una ecuación imposible.
Para febrero de 2026, las descargas habían caído un 66% desde su pico. Los usuarios probaban la herramienta, se quedaban asombrados con los primeros resultados, y luego no encontraban un caso de uso cotidiano que justificara seguir usándola. Impresionante en la demo, prescindible en la práctica.
El negocio de mil millones que murió en 90 días
En diciembre de 2025, Disney anunció un acuerdo con OpenAI: una inversión de 1.000 millones de dólares y una licencia para que los usuarios de Sora pudieran generar vídeos con más de 200 personajes de Disney, Pixar, Marvel y Star Wars. El CEO saliente de Disney habló de un cambio tan profundo como el paso del cine mudo al sonoro.
Noventa días después, OpenAI anunció el cierre de Sora. Disney se enteró menos de una hora antes que el público general. El acuerdo murió sin que un solo dólar hubiera cambiado de manos.
La lección
La historia de Sora no es la historia de una tecnología fracasada. La generación de vídeo con IA es real, funciona y sigue avanzando. La historia de Sora es la historia de una empresa que no encontró un modelo de negocio viable para esa tecnología antes de que los recursos se agotaran.
Mientras tanto, las alternativas que quedaron en pie —Google Veo, Runway, Kling, Luma AI— siguen desarrollando el mismo campo con enfoques más sostenibles: integración en flujos de trabajo profesionales, precios diferenciados por uso, enfoque en nichos concretos como el cine o la publicidad.
Sora demostró que se podía hacer. Demostró también que demostrarlo no es suficiente. En el mundo real de la IA, entre la demo y el negocio hay una distancia enorme, y no todo el mundo llega al otro lado.

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